CRÍTICA DE LA RAZÓN POLÍTICA

Apreciación Pragmática

Rafael Rivero Muñoz

Caracas 230804

 

Dramática radicalización del trauma existencial para la dinámica de un sistema dicho democrático, luego de esta gigantesca estafa a la cual fuera sometida la sociedad con este cuento del acto de votación en el Referéndum Revocatorio del 15 de agosto de 2004 en Venezuela.

 

Todos los representantes de la oposición –que se lamentan y lloran ahora como féminas lo que no supieron defender consistentemente como hombres y mujeres dispuestos a jugársela en su momento– hablan de un fraude electoral, mas la realidad ante lo que está la sociedad venezolana, es otra. Es ante una sostenida abiertamente articulada y colosal estafa de la cual sus víctimas, las que fueron despojadas de lo suyo y pierden en la materialidad de los eventos lo que hasta ahora precariamente habían alcanzado en estos últimos diez lustros, son: en primer lugar el Estado, en segundo la sociedad y en tercero el ciudadano. Y es, en el conjunto de todos los perdedores: el sistema de relación de ese Estado con el ciudadano y viceversa pautado en un conjunto –supuestamente vigentes y estables– de normas preestablecidas que fueron a conciencia y drásticamente ignoradas, echadas a un lado por uno y otro actor y representante político en la contienda.

 

Estafa antes que fraude, puesto que, antes que engaño, abuso de confianza, acto contrario a la verdad o a la rectitud que es lo que distingue al fraude, fue, definitivamente, una secuencia de conductas y ejecutorias consistentes y sostenidas en el tiempo, para el apoderamiento de lo ajeno con el consentimiento del representante de la víctima, sorprendido éste o no en su buena fe, o superado por el otro en su malicia.

 

Para explicar y sustentar la hipótesis de la estafa debemos entonces dilucidar partiendo de los antecedentes, la cualidad de ese “consentimiento” en manos de ese representante de la víctima y la calidad de esa “malicia” –si es que la hubo– con la cual fueron superados los unos por los otros, o si por el contrario, fue abierta o soterradamente tolerada. Estamos, desde nuestra perspectiva, ante un fenómeno que, sintéticamente podríamos denominar: la razón política.

 

Razón política concurrente que en manos de uno y del otro bando durante todo el proceso que arranca partiendo del momento que, por ahora, tomamos como su inicio: la firma de los famosos acuerdos de mayo de 2003. Circunstancia a la cual debemos incorporar aquellas, también razones políticas en manos de los terceros en la mesa –los invitados como observadores internacionales–; que emergieron en algún momento en el antes, en el durante o en el después del momento final del proceso del RR: el conteo de los votos y la ulterior auditoria, ambos actos validados por la observación internacional, pero actos realizados exclusivamente por un CNE abiertamente afecto al gobierno y con la declarada ausencia de la contraparte.

 

Consentimiento y/o malicia de la cual no podemos ignorar, o desincorporar del contexto, la mecánica mediante la cual en su momento de mayor aceptación al interior de la comunidad venezolana, el Tcnel ® se hace de una mayoría en la Asamblea Nacional. Recordemos que ello se hizo posible mediando un matemáticamente estudiado manejo de probabilidades; se inventó para esa elección un procedimiento de lista cerradas para la elección de los Diputados, en lo que se conoció como un “kino” y donde además de personajes con cierto bagaje doctrinal, experiencia, capacidades y conocidos como afectos al proyecto político del emergente líder, también se incorporaron otros de mucha menor calificación profesional quienes, montados sobre la cresta de una ola –o de un portaviones– y a pesar de sus notables deficiencias personales, profesionales y citadinas, lograron colarse y obtener cada uno una curul. Con ello el líder logró una holgada mayoría con sus yesmen, suficiente para traernos hasta este momento en que, un mejor elaborado y nuevo “matemáticamente estudiado manejo de probabilidades”, le permite de nuevo un supuesto triunfo electoral. Triunfo que aún cuando se muestra cuestionado de acuerdo a algunos iniciales análisis, de todas formas, resulta innegable que entre las 20:00 horas y las 24:00 del día domingo 15 de agosto, se impuso e impulsó en el CNE una extraña cabriola en las cifras totales por contabilizar –algunos citan como referencia entre otros los exit polls a boca de urna–, y así resulta que, quien para esa inicial hora era perdedor 60 a 40, resultaría luego ganador por el mismo diferencial, tal como lo anunciara en sus cifras preliminares el presidente del CNE sobre las 03:30 del día siguiente lunes.

 

Nada nuevo

 

No estamos ante conductas individuales y colectivas que podamos definir como nuevas en el terreno político y electoral venezolano, antes por el contrario resulta más de lo mismo, pero peor. Aparte del enorme avance tecnológico de esta nueva experiencia con la utilización de equipos electrónicos, programas automatizados y avanzados medios de transmisión de datos, persiste el mismo esquema utilizado por los viejos partidos del estatus. Sintetizado muy bien en el decir de los dirigentes y militancia de propios partidos, y tomado como válido y validado por el resto de la población y que muy bien se resume en la sentencia: acta mata voto.

 

Pero quizás haga falta hacer algunas acotaciones preliminares para poder sustentar la hipótesis que pretendemos desarrollar.

 

Salvo prueba en contrario y alguna variante que haya podido emerger en algún momento en Venezuela, la gran mayoría de las organizaciones político–partidistas venezolanas, desde la fundación de la primera expresión de ellos, el PDN, se han estructurado y se estructuran bajo un esquema que algunos expertos analistas han denominado leninistas; es decir, una estructura piramidal en cuyo vértice superior se encuentra el líder fundamental de la organización bajo cuya égida operan los cuadros superiores y medios de la organización, y en la base, su militancia, aquellos miembros de la comunidad quienes a la vista del líder fundamental y su discurso, se adhieren al partido. Esta estructura funcional de los partidos políticos venezolanos, aún cuando vale reconocer que durante los primeros años de actividad en el poder o en la lucha por alcanzarlo, coordinaron a una población en base a algunos de los ventajosos beneficios derivados de la organización política y de la pertenencia al partido, también es cierto que con el correr del tiempo en el ejercicio del poder político, cayeron en la dinámica del desgaste. La estructura funcional primero se fue cerrando sobre sí misma y alejándose cada vez más de la sociedad en su conjunto y seguidamente la cúpula se cerró sobre si misma ignorando a su propia militancia, hasta el punto de que, guardando las distancias, cayeron en el mismo esquema y resultado de aquella famosa frase del pasado, lo que es bueno para la General Motor en bueno para los Estados Unidos: Lo que es bueno para la dirigencia del partido es lo mejor para Venezuela. Es decir, ese aislamiento primero de la sociedad y luego de la militancia en su conjunto, les puso, como a las bestias de carga, aditamentos que eliminaron la visión de conjunto y la concentraron hacia un único punto y los condujo al esquema del ghetto y a identificar como propio y restringido a sus propios intereses lo que para el resto de la población vendían como los intereses del Estado o en otros términos el bien común.

 

Entra dentro de esta dinámica entonces algo que pocos habrán observado. El encerramiento sobre si mismo de la dirigencia de los partidos desde sus iniciales estadios de organización, produjo en esa “selecta” cofradía una dinámica de casta en detrimento de la excelencia, de la acumulación de los mejores por la vía de la construcción de una élite. Casta contra élite, fue la batalla desde el principio y de allí derivan las consecuencias. Mientras en la casta la pertenencia es por nacimiento, por herencia y el ascenso a posiciones superiores viene a ser el derivado no del propio esfuerzo del que asciende sino de quien desde arriba lo promueve en su propio beneficio.

 

 

 

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